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Criterios

No todo el mundo podía presumir de su trabajo, y menos con los tiempos que corrían, pero Pedro no podía quejarse. Siempre había sido un lector empedernido y jamás hubiese soñado con que pudieran pagarle por ello. Se sentó en su cubículo, lamentándose. Hay que tener cuidado con lo que se desea. Ese día tocaban relatos. Leyó el primero:

Eduardo siempre había sido muy pagado de su aspecto físico. Se levantaba cada mañana, y como un hombre de bien, se afeitaba meticulosamente la barba, dejando apenas un lustroso bigote. Lo peinaba y enceraba hasta ser la imagen misma de la decencia. Era su mayor orgullo. Un buen día se encontró con un pelo que se negaba a amoldarse a la forma del bigote. Lo atacó con peine, cera y fijador, decidido a doblegarlo, pero el pelo se mantenía erguido y fuera del patrón con la terquedad de una montaña. Finalmente Eduardo tomó unas tijeras y cortó el pelo.

A la mañana siguiente, tras acicalarse el bigote, Eduardo encontró dos pelos fuera de lugar.

Qué relato más chistoso, dijo para que todos lo oyeran. Lo marcó como apto y pasó al siguiente.

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Eres el encargado de supervisar la publicación una serie
de obras literarias, principalmente relatos. El contenido de
los relatos debe ser apto para todos los públicos y no han de 
herir la sensibilidad de NINGÚN modo. Los relatos NO deben
 adoctrinar el lector en formas de vida o pensamiento contrarias 
a los intereses generales de la nación. Solo han de aceptarse 
relatos que respeten forma de vida tradicional, alineados con los 
valores de occidente. Cada relato debe clasificarse entre: 
apto, apto con correcciones, no apto, reportar.

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La conocí a la luz difusa del bosque añejo. Del sol se alimentaba, pero el aire le daba la vida. El agua le refrescaba en verano, y la tierra le gustaba en cuanto que le permitía tumbarse al sol. Yo me admiraba en su olor, su forma, su sonrisa. Cada noche volvía sonrojada al hogar familiar y nada contaba a mis hermanas, que pronto se convencieron de que algún joven me cortejaba. El rumor llegó a oídos de mi padre que, temeroso de la afrenta a mi honor, entró en cólera. No me dejó marchar hasta que juré que ningún hombre me había mancillado.

No mentí; él no hizo las preguntas adecuadas.

En los años venideros mi reputación de salvaje y simple espantó a cualquier pretendiente; mis uñas siempre llenas de tierra, mis modales toscos y la fragancia boscosa que emanaba me hacían peculiar e indeseable.

Las dos teníamos todo el tiempo del mundo.

Pero quiso el azar que me cruzara con cierto heredero de cierta reputación extravagante y que este quedara prendado de mi belleza. Para él, domar a la bruja del bosque añejo sería otra victoria en su palmarés. La negociación con mi padre fue célere. Yo corrí a los bosques, presa del llanto, a refugiarme en los brazos de mi flor. Ella me consoló como solo ella sabía y me hizo entrega de un hermoso fruto de vivos colores que yo no había visto nunca. «Debes elegir», me dijo con su voz de miel, y yo volví a casa con el corazón en un puño.

Me recibió la gozosa algarabía de mis hermanas, la arrogancia satisfecha de mi padre, la silenciosa pena de mi madre. De alguna forma, ella siempre lo supo. En el dolor de su mirada comprendí que ella lo entendería.

Aquella noche, en la soledad de mi alcoba, tomé el fruto.

Y el bosque me reclamó.

No habían recibido instrucciones sobre relatos fantásticos. Para evitar problemas, lo marcó, avergonzado, como no apto.

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La representación injustificada de estilos de vida no normativos 
debe alertarse para su correcta catalogación.

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Siempre los había encontrado repulsivos, pero eso no le impedía vivir entre ellos. Se trata de sobrevivir, se decía, y cada vez que alguna situación superaba su umbral de tolerancia (lo que ocurría a menudo), se limitaba a mirar a otro lado. Con el tiempo, eso pasó a constituir una verdadera proeza geométrica: pasaban los años y los otros lados hacia los que mirar escaseaban. Por fuerza, llegó el día en que el único sitio al que le quedaba mirar era un viejo y desgastado espejo que guardaba en su cuarto, por costumbre más que por el uso que le daba.

El espejo le devolvió su reflejo y él tembló al encontrarse de cara con uno de ellos.

Pedro titubeó, sosteniendo el lápiz con fuerza. Marcó la casilla de apto. Luego la tachó y marcó la de no apto. Volvió a tacharla. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a arriesgarse?

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La demonización de conductas tradicionales 
constituirá motivo de rechazo.

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Tov y Molo eran amigos desde la infancia. Siempre fueron el terror de los viejos del pueblo; verlos juntos era sinónimo de problemas. Con el tiempo, los chiquillos problemáticos crecieron y se volvieron jóvenes problemáticos. Su mejor cualidad es que siempre podías contar con ellos: prodigaban su ayuda por el módico precio de un cigarrillo, una botella de algo fuerte y una pañoleta, de las que hacían colección. Tov trabajaba en un taller y siempre andaba tiznado de aceite de motor o de gasolina; Molo trabajaba de cara al público, pero como tenía la mecha corta, cuando se encendía era mejor alejarse a toda prisa. Cuando estalló la guerra, fueron arrastrados al frente como la mayor parte de jóvenes de su barrio.

No regresaron.

Pedro había conocido a muchachos como Tov y Molo. Miró a ambos lados y marcó la casilla de apto.

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Llamadas al desorden público constituirán motivo de rechazo.

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El peón de e4 le susurró al de e5: ¿por qué hacemos esto? Mientras titubeaba, el caballo de f3 lo sentenció. c6 hizo lo propio ante la perpleja mirada de e4. Miró hacia atrás y vio el camino libre hasta su Rey, que tomaba unas perdices mientras se desarrollaba la carnicería. Supo lo que tenía que hacer.

Pedro era un ajedrecista aficionado y reconoció la apertura. Alzó la mirada de su cubículo hacia su oficial al final del pasillo, que estaba enfrascado en sus propios quehaceres. Creyó saber lo que tenía que hacer, pero entonces alzó la vista todavía más, hasta el cuadro que adornaba la pared. Marcó la casilla de "apto con correcciones" y añadió:

Lo que no alcanzó a ver, fue la mano que los movía.

#bradbury-challenge #relato